Las elecciones internas del partido FMLN para
definir el candidato que haya de participar en las presidenciales de 2019,
suponen una experiencia política que debe marcar una diferencia radical con
cualquier otro proceso de similares características que dicho partido haya
realizado desde su surgimiento hasta la época.
Procesos electorales con las características
comúnmente aceptadas por los estándares de las democracias republicanas
implican apertura y transparencia de los procedimientos. Implican debate y
participación. Precisan acercamientos y distanciamientos. Precisan rostros y
discursos. Precisan reconocer y reconocerse en la situación política dada. Esos
son derroteros por los que la izquierda ha luchado y son además las reglas
aceptadas hoy día para el ejercicio en política.
Probablemente el mayor problema que el
partido FMLN ha enfrentado en los últimos diez años sea la tensa relación con
sus simpatizantes y el desarraigo progresivo de una parte importante de su
militancia histórica. Este complejo escenario (que tiene abundantes
explicaciones que no son objeto de este artículo) conlleva a su vez a la apatía,
furia, desconfianza y rechazo de una parte decisiva de la población votante.
Por ello la elección interna se vuelve clave para comenzar a salir de la crisis
actual.
Un detalle propio de los procesos de elección
republicanos es la seducción por reducir al adversario. Ese carácter deviene de
la competitividad intrínseca del proceso: solo uno puede ganar bajo reglas de
competencia. Este peculiar asunto es común en las sociedades occidentales
desarrolladas porque es precisamente uno de los motores que hace funcionar el
sistema, sin embargo es bastante incomprendido por las militancias orgánicas de
izquierda con cierta ingenuidad política porque se considera que hablar con
franqueza supone falta de lealtad.
El poder es una situación hacia fuera y hacia
adentro. Los bloques de intereses, necesidades y afinidades son necesarios y
por consiguiente inevitables en la vida de cualquier organización política, de
otra manera estaríamos planteando un imaginario extremadamente idealista cuyas
posibilidades de ejecutarse, al ser incierto, deviene en un enjambre de
frustraciones que no son otra cosa que la incapacidad de responder a la
realidad aplastante de los hechos.
La militancia del FMLN debería expresarse en
una cultura política idónea de contener, por un lado, una dosis de idealismo
como cobijo de determinados y necesarios valores que conciernen a la ética,
pero a la vez tener una sólida educación que permita comprender y convivir con
el realismo político que subyace en toda lucha por el poder.
La militancia y los dirigentes del partido
deberían enfocarse en buscar que el proceso sea garante de las demandas de sus
mayorías, porque es el proceso el decisivo en este momento, incluso más que
cualquiera de los dos candidatos inscritos.
La militancia debería advertir que ese
proceso está despojado de cualquier tipo de intimidación o chantaje; el
ejercicio debe limpiarse al máximo de toda relación con el miedo; esa es la
clave de este momento, no la elección interna en sí misma, sino las
posibilidades de superar los viejos esquemas lineales para conducir la
política, es decir el chance que el FMLN tiene de pensar seriamente en formular
unas estrategia de educación política hacia el interior de sus militantes y
hacia sus simpatizantes más cercanos para desde ahí tener suficiente capacidad
para comunicarse con la sociedad en general.
Las opiniones, simpatías, críticas y
decisiones que cada militante tome el día de las elecciones es y debe ser
esencial al proceso mismo, de la misma manera que deben serlo las posturas de
los dos candidatos, sus discursos, sus ofertas, sus propuestas, sus capacidades
de acercarse a la militancia y simpatizantes más cercanos al FMLN.
Solo uno de los dos Martínez, Hugo o Gerson, será
electo el 27 de mayo; la mayor lección aprendida será entonces, qué tanto el
proceso haya podido reunir lo que la militancia y los simpatizantes esperan en
su demanda de más democracia y qué tanto hayan trabajado por ello, pero además,
y es lo decisivo frente a las furias electorales del 2019, qué tanto el
perdedor y sus seguidores sean capaces de aplicarse al realismo y empeñarse en
la unidad del partido y las causas nacionales que dicen defender.

